sábado, 3 de mayo de 2014

CUENTO DEL MES



 

ENTRE LAS VÍAS Y EL RÍO.-





En determinados barrios un tipo sabio es aquel que usa sus piernas para correr antes de que se las rompan.
Vivo en un barrio en el que este tipo de sabiduría es necesaria.
Mis piernas siguen intactas, así que o tengo mucha suerte o poseo ese tipo de sabiduría.
Les hablaré de mi barrio: esta limitado en un extremo por las vías del ferrocarril y por el otro por un río en el que no hace tantos años, -o quizás si, el tiempo pasa muy deprisa- se podían ver peces nadando contra un fondo cercano y no demasiado limpio. Ahora flotando en el cauce escaso hay botas rotas, bolsas de plástico, menajes ya inservibles y otros desechos menos honorables. El fondo del río, por supuesto, no se ve.
El barrio nació como una ciudad dormitorio periférica de la gran urbe que en los días claros se recorta en la distancia. La gente que lo habitaba en sus primeros tiempos eran obreros de la construcción, metalúrgicos, almaceneros. Y las correspondientes esposas, hijos e hijas de los obreros y almaceneros, gente así.
En aquel tiempo no era necesario ser sabio para conservar tus piernas en buen estado de uso. Luego llegó una de esas bonanzas económicas que sirven para que los bancos se forren y los demás se endeuden, y la gente del barrio dormitorio se fue largando a otros barrios mejores, al menos a otros barrios con una etiqueta más prestigiada.
Largarse a otros barrios era el sueño de la gente del barrio.
Yo también soñé con hacerlo en alguna ocasión.
Pero soy demasiado vago para ir imitando a los demás.
Y me quedé.
El barrio se fue llenando de otras gentes, ya saben siempre hay quien recoge lo que alguien deja atrás, aunque los sueños de los nuevos habitantes eran tan tristes y simples como los de un hombre muerto.
Ellos también dormían en el barrio pero se retiraba más tarde.
Los que se retiran a dormir tarde tiene mala prensa, así que el barrio empezó a exigir una cierta sabiduría para circular por él, más que nada debido a que de noche te encontrabas a mucha gente por la calle. Y no todos eran de fiar.
Cuando se acabó la bonanza económica y debido a que en el barrio ya no cabía nadie más por mucho que nos apretáramos, comenzó a poblarse el descampado del otro lado de las vías, un lugar en el que recuerdo una buena cantidad de hierbajos y a un par de caballos que se los comían, el rebaño de cabras que apenas recuerdo tardó poco en ser absorbido por un polígono industrial.
Los caballos duraron un poco más, son más resistentes que las cabras y son más útiles para tirar de un carro lleno de ferralla.
Pronto hubo allí barracas y pequeños chalets construidos con planchas de madera y barriles de petróleo convertidos en chapas de bonitos colores que servían de techo y que en los días de viento sonaban como una orquesta de locos.
Por una de esas cosas de la macroeconomía el periodo que siguió a la bonanza se fue eternizando y otro barrio de barracas empezó a formarse al otro lado del barrio, o sea en la margen contraria del río.
Entonces ya fue la hostia.
Por una cuestión de buena vecindad los habitantes de las barracas del otro lado del río construyeron un puente, con un par de tablones, -que aun conservaban las manchas de pintura de su último empleo-, para favorecer el comercio con sus vecinos.
Realmente entonces ya fue la hostia.
En los bordes de ambos lados, en el río y en el descampado. aun sobreviven algunos hierbajos que le dan cobijo a jeringuillas y condones usados.
Tampoco querría que se hiciesen una idea equivocada, el barrio, a pesar de ser un lugar poco recomendable para criar niños con vocación de presidentes de una patronal, tiene calles y calles, y en alguna de ellas se puede vivir con un respetable porcentaje de posibilidades de que no te apuñalen.
Creo que ya les he dicho que aprendí a ser sabio, aprendí a correr cuando convenía y a romper piernas si se podía y se hacía necesario.
Pero este no es mi oficio, yo trabajo en un almacén de productos electrónicos y entre mi sueldo, digno, respetable y escaso y lo que entre mi jefe y yo sacamos vendiendo algunas cosillas ya tengo suficiente para vivir decentemente, así que lo de romper piernas es eventual y solo en caso de necesidad, básicamente en defensa propia.
No se aferren ahora al “básicamente”, sucede que me gusta hablar con propiedad, en general soy un tipo de buenas costumbres.
Las cosillas que vendemos yo y mi jefe proceden de uno de esos contenedores que vuelca ó vuelcas, sus cajas desparraman su contenido por el suelo, y aquello ya no se puede vender, pero no pasa nada porque el seguro paga mientras no te pases de listo.
En el barrio actualmente tenemos de todo, un multicine con tres salas, dos bares de tapas con ciertas pretensiones, -servilletas limpias, manteles de papel desechables, música ambiental y cosas así-, un antiguo almacén reconvertido en salón para celebrar bodas y bautizos y una casa de putas.
La casa de putas le da color al barrio, no solo por el neón de color rojo, es que las hay de todos los colores, un arco iris de putas como si dijésemos. Las amas de casa ya han montado un par de manifestaciones pidiendo que la cierren, dicen que incitan a los niños a tener malas costumbres, prefieren que los niños se la casquen mirando a un par de yonquis follando estirados en una manta, entre los restos de hierbajos.
Cada cual escoge la manera de educar a sus hijos.
Nada que decir por este lado.
Las putas están en una casa de dos plantas. Curiosamente el piso da la impresión de ser más ancho que la planta baja, algo así como una ”T” con los brazos recortados. Aunque debe ser una impresión óptica.
En la planta baja están las putas. Es un espacio que una vez recortado por la barra larga atestada de taburetes de patas altas y una pantalla enorme de televisión no es nada del otro mundo, pero que da para que quepan bastantes putas una vez bien ordenadas. En el piso de arriba hay camas y según las malas lenguas, ladillas.
No tengo por que dudarlo, en este barrio somos capaces de acoger a cualquier especie siempre que se las arregle para respirar sin ayuda.
Aquella noche, cuando me dirigía a casa, lloviznaba y las calles estaban más muertas que Carlos Gardel. En la plazuela que inauguraron el año pasado coincidiendo con las elecciones, hay un jardincillo, que no han vuelto a regar desde que los políticos terminaron de contarnos lo mucho que nos querían, y unos columpios ya de segunda mano cuando los instalaron, aunque entonces estaban recién pintados y daban el pego, ahora dan pena. En uno de los columpio estaba sentado el Chimo, miraba el neón de la casa de putas y se sobaba los huevos, así que imaginé que andaba seco y caliente. Los dos imbéciles que le acompañan siempre y le ríen las gracias estaban sentados en un banco y esperaban que el Chimo dijera cualquier parida para reírla a carcajadas. Han nacido para eso reír las memeces de cualquiera más listo que ellos.
El Chimo es el hijo de puta certificado y registrado del barrio, un tipo que al igual que sus amigos arrastraba el peso de una juventud mal aprovechada. Admitido es el autor de tres o cuatro violaciones más o menos consentidas, de un par en absoluto consentidas pero no denunciadas ya que denunciar al Chimo es arriesgarse a males mayores, de unas cuantas palizas y de la constante intimidación de comerciantes que han acabado considerando que es más productivo pagarle unas cuantas dosis de vez en cuando que ver arruinados sus escaparates o algo peor. Siempre actúa acompañado por los imbéciles que estaban en el banco, dos tipos de aspecto poco higiénico que dan la permanente impresión de acabar de ser expulsados de un centro de acogida.
El Chimo no, él es un fulano guaperas, toda la fealdad la guarda en el alma. La mayoría de la gente que le conoce opina que de haber nacido muerto el mundo sería un lugar mejor.
Su madre, a este respecto, mantiene una estricta neutralidad.
Y ahora lo tenía en mi camino, así estaban las cosas.
Para llegar a mi casa tengo que cruzar la plazuela. Y ahí se me presentaba un problema, debía usar mi sabiduría y marchar a dar la vuelta por el quinto carajo o cruzar frente a aquellos degenerados. Si no lo hacía se darían cuenta, entenderían que les tenía miedo y lo único que haría sería aplazar el problema. A mi el Chimo no me daba miedo pero era perfectamente consciente de que contra los tres no tenía nada que hacer.
Y aquellos tipos tiraban de navaja.
Un par de pinchazos con mala suerte y si te he visto no me acuerdo.
Así que la sabiduría de la que presumo me decía que diese la vuelta por el quinto carajo y que mañana sería otro día. Pero yo venía bastante tocado, había estado con un colega celebrando su despedida de soltero. El colega en cuestión es un producto típico del subdesarrollo y sus gustos en materia de celebraciones merecen horca. Aun tenía el regusto del licor que habíamos trajinado, un cruce entre aguarrás y agua de fregadero que martirizaba mis neuronas y me daba malos consejos, así que tomé la decisión equivocada y seguí andando para cruzar la plaza.
El Chimo y sus lugartenientes me miraron con interés en cuanto comprobaron que me dirigía hacia su posición.
Aun tenía tiempo de enfocar el quinto carajo, a pesar de que sabía que era el peor momento para hacerlo.
Seguí andando en dirección a mi destino.
Una mierda de destino si hemos de ser sinceros.
En el momento en que enfoqué la plazuela apareció un tipo delgado que vestía una gabardina demasiado larga y tenía el aspecto de no ser capaz de abrocharse los cordones de sus zapatos si no se le dictaban las instrucciones al oído.
El tipo se dispuso a cruzar por delante del trío, ellos dieron la impresión de perder todo el interés por mí y concentrarlo en el tipo delgado de la gabardina exagerada.
Sinceramente, no quiero sobrevalorarme pero como victima el tipo de la gabardina era más apetecible que yo.
Pensé que aquel tipo, que estaba a punto de cometer el mismo error que yo tenía intención de cometer hacía un momento, forzosamente tendría la inteligencia de un paquete de goma de mascar. ó venía de un planeta en el que estaban convencidos de que en esta puta Tierra todos somos buenos.
Entonces comenzó la acción.
El Chimo bajó de un salto del columpio.
Los dos subnormales que le acompañaban se levantaron sonriendo.
El Chimo señaló con el brazo extendido al tipo delgado.
Los dos subnormales se abrieron para situarse a ambos lados del tipo delgado y cortarle así cualquier posible retirada.
El tipo delgado se paró.
El Chimo le dijo algo que no acerté a escuchar.
El Chimo se rió.
Los dos subnormales se rieron más fuerte que el Chimo.
El tipo delgado hizo algo con la mano que tenía dentro de uno de los bolsillos de la gabardina.
Lo que hizo sonó como un disparo.
Debía serlo porque el Chimo cayó hacia atrás rígido como una tabla, su cabeza al chocar contra el suelo hizo un ruido sordo.
El tipo delgado alargó el brazo y uno de los amigos del Chimo cayó de bruces al suelo.
El que quedaba en pie arrancó a correr.
Venía en mi dirección, pude verle la cara de espanto.
El tipo delgado se plantó en el suelo con las piernas ligeramente abiertas.
Fue una carrera corta la del amigo del Chimo.
Cayó a mis pies y casi inmediatamente se formó una mancha de sangre en el suelo.
Un rayo de luz proveniente de la farola vecina acarició el charco de sangre en formación.
Aquello daba un mal rollo tremendo. No podía apartar la vista del fulano que estaba a mis pies, su tez macilenta hacía suponer que la Muerte le había concedido un corto permiso de supervivencia.
Gemía.
El tipo de la gabardina se acercaba a mi posición, en la mano aun sostenía un revolver grande y pesado.
Yo no era capaz de moverme.
En algún lugar debía estar escondida mi inteligencia pero no era capaz de decir donde.
El tipo delgado se acercó al amigo del difunto Chimo y le miró.
Tenía una voz suave y conciliadora cuando dijo: -Los otros dos están muertos.
Le disparó al amigo del Chimo entre los ojos y sentenció: -Este también.
Nos quedamos mirando durante unos segundos en silencio.
Fue él quien rompió el silencio.
-Creo que esta no es una buena noche para andar paseando por aquí.
-No, supongo que no, con esta niebla apenas se ve nada, -respondí.
No sabría decir si el tipo detectó en mis palabras más sinceridad que ganas de seguir vivo, pero fueron las que esperaba escuchar porque guardó el revolver en el bolsillo y dijo: -Supongo que es usted un hombre razonable.
-Lo soy, -le dije mirándole a los ojos.
-Será mejor que nos larguemos -dijo.
Siguió andando en la misma dirección que tenía.
No volvió la cara en ningún momento.
Yo decidí que lo mejor sería ir a dar la vuelta por el quinto carajo.
No sentía el menor deseo de pasar junto a los cadáveres del Chimo y su colega.
No es que me den miedo los muertos, pero aquellos eran muy recientes.
Cuando llegué a la puerta de mi casa ya se podía escuchar las sirenas de los coches de la policía que se acercaban.
Los Mossos no fueron capaces de encontrar un solo testigo de los hechos, lo único que recibieron fue una llamada anónima. El comunicante tenía acento rumano.


Me enteré al día siguiente por los periódicos.
Nunca más he vuelto a ver al tipo delgado de la gabardina.
Claro que el tiempo ha mejorado sensiblemente.









No hay comentarios:

Publicar un comentario