miércoles, 5 de julio de 2017

CAPÍTULO VEINTE Y VEINTIUNO DE "UNA CIUDAD CON QUINIENTAS MAFIAS"



CAPITULO VEINTE

Habían pasado ya un par de semanas y nadie había intentado matarme.
Sinceramente, muy de agradecer.
Aquel día hacía una humedad respetable, las tuberías de los desagües de mis vecinos roncaban con la furia propia de quien sabe que por mucho que chillen nadie le va a meter mano.
Me largué a la calle.
En la calle la humedad era igual de respetable que en mi casa, por ese lado no había ganado gran cosa. La conjunción de calor y humedad hacía que sintieses el deseo de soltar un alarido. En ocasiones sopla un aire que refresca el ambiente, me asomé a la esquina de una calle por la que cuando existe el aire se atreve a pasar.
No era el caso.
Una vagoneta de limpieza del ayuntamiento roncaba como las tuberías de mi casa. El tipo que la conducía en cuanto se le presentaba la ocasión soltaba golpes de claxon como si bramase, le supuse alma de músico frustrado.
O de sicópata en pleno ejercicio de sus funciones.
En aquel momento a mi teléfono móvil se le ocurrió ponerse a pitar.
Era una voz de mujer, o eso me pareció, la que escuché entre la selva de ruidos.
Me metí en una de esas callejas estrechas, oscuras aun a pleno día y silenciosas ya que ni el ruido siente demasiados deseos de circular por allí. La ropa tendida de los balcones te riega con humedades sospechosas de contener bacilos venidos de tierras lejanas que tienen como costumbre volver locos a los médicos que se enfrentan a ellos.
Era la voz de una mujer, efectivamente.
Me gusta que me llamen las mujeres, no siempre me piden dinero.
Me dijo que era Carmen.
No reconocí su voz.
Era la Carmen de Paquete, nunca había escuchado su voz por teléfono.
No quería dinero, quería que supiese que se había encerrado durante días, que había dado largos paseos por la montaña, a solas con sus demonios, que les había combatido, que había tomado decisiones, había vuelto a casa y que ella y Paquete habían hablado como nunca lo habían hecho y estaban seguros de que podían superar a sus demonios y muchas más cosas, esperaban ser felices y los dos me daban las gracias y querían contar con mi amistad.
Aquello estaba bien.
Me hizo feliz
La felicidad es un anestésico de primer orden.
Yo no le pregunté la causa del cambio, la razón por la que había vencido a sus demonios con lo que parecía una relativa facilidad, pero ella me lo dijo.
Su marido ya no era un problema, había muerto de una puñalada en la cárcel. Una de esas peleas carcelarias que nadie sabe como empiezan pero si como acaban, cuando en el suelo queda tendido un cadáver. Para ella había sido un golpe en el primer momento, pero luego había comprendido que aquello podía significar la liberación. Una normalización de su relación con Paquete podía ser posible. Me contó que por muy irracional que pudiese ser la presencia física de su marido, aunque estuviese en la cárcel y entre ellos hubiese desaparecido cualquier posibilidad de mantener una relación marital, le creaba sentimientos de culpa que revertía sobre Paquete.
Ahora se estaba preparando para vivir con él.
Hacía tiempo que habían llegado a la conclusión de que el muro que se interponía entre ellos era su marido, pero nunca habían sabido superar aquella barrera.
Ahora ya no había muro ni necesidad de hacerse daño.
Aquello seguía estando bien.
Los anestésicos los venden en pastillas, gotas, incluso supositorios.
Mientras funcionen que más da.
Carmen me daba las gracias por la ayuda que le había prestado cuando lo necesitó.
De nada, por supuesto. Fue un placer.
Para eso están los amigos.
Teníamos que ir a almorzar los tres para celebrarlo.
Claro, faltaría más, el día que quisieran siempre que no estuviera librando a la humanidad de algún peligroso asesino.
Carmen se rió.
Yo me reí.
En cuanto Carmen colgó llamé a Paquete.
De lo único que no tenía ganas era de reír mientras repiqueteaba en mis oídos el tono de llamada.
-Dime que no ha sido cosa tuya,-le dije en cuanto escuché su voz.
No hizo falta que le contase de que estaba hablando.
-¿Por qué te he de dar explicaciones?,-dijo.
Algo de razón tenía, yo no soy Dios, ni Paquete era mi jodida creación.
-¿Has hecho que le maten?,-me había quedado sin discurso, nada de reflexiones morales, solo me quedaba seguir preguntando.
-En caso de haberlo hecho se lo tenía más que merecido. De cualquier manera Carmen que tiene derecho a preguntar no lo ha hecho y tú que no eres nadie te crees que me puedes juzgar.
-Lo has hecho.
-En ocasiones pienso que si, y en otras, pienso que debería haberlo hecho.
-¿Y eso que demonios quieres decir?.
-Que te vayas a tomar por culo.
-Y colgó.
A los diez minutos mi teléfono móvil sonó de nuevo.
La voz de Paquete sonaba reposada.
-No, no ha sido cosa mía,-dijo.
Y me lo creí.
Y fue un descanso creérmelo.
-Gracias,-le dije a Paquete.







CAPITULO VEINTIUNO

Aquel día estaba sentado frente a mi mesa del locutorio, esperaba a que alguien me contara que su marido era un cabrón que se beneficiaba a su secretaria, o que el perro de su vecino se cagaba cada día en la puerta de su piso y quería estar segura antes de denunciarlo.
Le dije a Lena que salía un momento a comprar empanadas argentinas y que regresaba en quince minutos, que si alguien preguntaba por mi le podía decir que esperase.
Lo de las empanadas argentinas era cierto, se las compro a menudo a un chaval del vecindario que las hace de vicio, y nos las comemos con Lena.
El chaval argentino me contó que las hace con la receta de la abuela.
Lena dice que es posible.
Cuando regresé alguien estaba sentado al lado de mi mesa.
-Me ha dicho que te esperaba, que no tenía prisa,-me dijo Lena moviendo la cabeza en dirección a la espalda de la mujer que se sentaba junto a mi mesa.
Tenía unos hombros anchos, delgados y bronceados, y los mantenía firmes mientras me acercaba. Si estaba escuchando mis pasos no lo demostraba.
Cuando dije: -buenos días, soy Atila.
Ella respondió: -ya sé quien eres, por eso estoy aquí.
Sara sonreía levemente, seguía sentada y me miraba sin parpadear.
-Eres un cabronazo, detective,-dijo sin dejar de sonreír. En todo caso le dio una vuelta de tuerca más a la levedad de su sonrisa.
Podía decirle que más de una noche me había acordado de su cuerpo desnudo antes de que me escupiese en la cara.
Ella me miraba fijo sin acabar de borrar la media sonrisa de su rostro.
Tal vez estaba apuntando.
Una sonrisa no garantiza que no te vayan a escupir.
Entre sus manos apareció un paquete envuelto en papel de regalo del Corte Ingles.
Me dijo:-esto es para ti, para cancelar una deuda.
Pensé si sería una serpiente.
Lo abrí. No era una serpiente, pero casi acierto.
Un cinturón de piel de serpiente.
Tuve que reprimir una carcajada.
-Si el tuyo se lo quedo aquel malnacido atado a sus pies, este te ira bien.
-En realidad le atonté de una patada y me largué sin atarle los pies con mi cinturón.
-¡Oh!, dijo Sara poniendo cara de falsa desilusión.
-Pero me hacía falta muchas gracias.
-Me alegro, ahora espero tus disculpas.
-No puedo, es mi trabajo.
-¿Ni se te ocurre nada agradable que me haga sentir mejor?.
-Vestida estás preciosa, Sara. Aquel día estaba más atento al desgraciado que dormía en el suelo y a que no le rompieras la cabeza con aquella piedra, no te pude admirar con detenimiento.
-Yo hubiese jurado que si que lo hacías.
Me encogí de hombros, soy un tipo duro, no lo olviden.
-Lamento lo de tu divorcio, imagino que la cosa acabó así.
-Imaginas mal.
-Yo le entregué a tu marido un informe completo y no ahorré ninguna de las fotografías que tomé, se lo dí en mano.
-Justo en el momento en que te pagó, supongo.
-Justo en ese momento, al estilo Judas.
-Imagino.
-Vivo de la maldad de todos nosotros, ya sabes.
-Pues así y todo no ha habido divorcio, llegamos a un acuerdo amistoso: yo hago lo que me da la gana con la mayor discreción posible y el se conforma. En el trato entra también mi promesa de levantarle el ayuno sexual al que le tenía sometido desde el día que descubrí su afición a frecuentar una conocida casa de putas.
-Buen acuerdo.
-¿En ningún momento dudaste en entregarle el informe a mi marido?.
-No, aunque es cierto que tuve dudas.
-Cuéntamelo.
-Hubo un momento que pensé que lo mejor sería seguir filmando mientras aquel tipo te violaba y comercializar la cinta asociándome con tu marido.
-Eres un perfecto hijo de puta.
Me encogí de hombros de nuevo, si aquello seguí así acabaría doliéndome la espalda.
-No te creo, Atila.
-Puedes creerme, al menos en parte. Mi instinto de supervivencia me decía que procurase no hacer ruido y dejar que la vida continuase a lo suyo. Pero lo que estaba a punto de suceder me asquea profundamente. Los tipos como aquel me asquean profundamente aunque estén tomando un batido en el bar de una residencia de ancianos. Lo que tú y tu amigo hacíais en el coche no era merecedor de lo que os esperaba, cada uno hace el amor con quien le da la gana. Tienes que ser el mismísimo demonio para merecer que te hagan una barbaridad como la que aquel fulano os podía hacer, y tú tienes cara de ángel, así que mandé a paseo a mi instinto de supervivencia y vine a echaros una mano. Además no estaba nada seguro de lo que podía pasar, esos fulanos son imprevisibles. ¿Le hizo mucho daño a tu acompañante?.
Entonces fue Sara quien se encogió de hombros, -no, no mucho, aunque él decía que si.
-Me alegro, estamos todos sanos y salvos, una maravilla.
-¿Qué voy a hacer contigo, Atila?.
-¿Por qué no empiezas por contarme que haces sentada en esta silla?.
-Tenía una enorme curiosidad por conocer al hijo de puta que casi crea un problema en mi matrimonio. Y una curiosidad aun mayor por conocer al hombre que, en el mejor de los casos, me salvó de pasar un rato horrible en manos de aquel sujeto.
-Ya veo.
-Y de paso quería saldar la deuda que tengo contigo.
-De nuevo gracias por el cinturón.
-Yo creo que lo que hiciste vale más que un cinturón.
-No me debes nada, tu marido pagó lo estipulado.
-Está muy bien que no quieras dinero, pero ¿aceptarías que te invitase a almorzar?.
Miré a Sara, de verdad que vestida estaba preciosa.
Tanto como desnuda.
Lo que estaba a punto de hacer estaba muy mal, iba en contra de cualquier norma deontológica que afecte a mi oficio.
Le dije que me encantaría que me invitase.
La deontología y yo mantenemos una relación que en el mejor de los casos cabría definir como escasamente vinculante.
¿Se dan cuenta?. Este oficio mío es una maravilla, creo que lo he repetido en varias ocasiones a lo largo de este relato. Y si les he dicho lo contrario es que Sara aun no estaba sentada en aquella silla.
Mi ángel de la guarda se estaba escoñando de risa apoyado en la barra del bar de la esquina, probablemente se emborracharía como un demente para celebrar mi falta de seriedad.
Le encanta ese bar, está lleno de tipos como él, les estaría contando toda la historia.
Al pasar frente a su mostrador Lena me guiñó un ojo mientras movía la cabeza en un gesto de desaprobación. Una muestra fehaciente de que las mujeres son capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo. Y probablemente de pensar tres.
En cuanto salimos Sara se colgó de mi brazo, yo miré alrededor por si nos seguía algún hijo de puta contratado por su marido.
-¡Ay Atila, que le vamos a hacer, me gustan los tipos a los que no puedes presentar a mamá!,-me dijo Sara acercando su boca a mi oído.
-Es una lastima, Sara, estaba deseando conocer a tu mamá.
-Sabes, le prometí a mi marido que nunca más haría el amor con alguien, que no fuese él dentro del Volvo.
-Es una sabia decisión, Sara.
Seguimos andando, supuse que ella sabía hacia adonde.











AGRADECIMIENTOS.

Cualquier gran autor acostumbra a terminar sus libros con una insólita, por extensa, lista de agradecimientos. Probablemente por eso son grandes autores y escriben Best Sellers. Quedo pues apenado al no ocurrírseme a quien (sin cuyo concurso esta obra no hubiese visto la luz) le debo agradecer que esta novela tenga un inicio, una trama y un final, ya que la he escrito yo mientras el resto del mundo se dedicaba a sus menesteres, como por otra parte, debe ser.
Gracias, sin embargo, a todos aquellos que la habéis leído.
Y a mis padres ya que, por mucho que no pensasen en ello, sin su colaboración no estaríamos en este mundo, ni mi novela ni yo.
Y a mis editores.
Y a mi agente.
Y a Lars Larson Larsonson (que no tengo ni puta idea de quien pueda ser)
Y a… joder, ya empezamos.
Gracias a todos.
Portaros bien.














UN RECONOCIMIENTO ESPECIAL.-
Para Misha Glenny, autor de Mcmafia, libro del cual he aprendido un mundo acerca de mafias y del que he obtenido informaciones que me han ayudado a escribir esta novela.
Gracias Misha, en el improbable caso de que algún día nos encontremos será un placer invitarte a almorzar. Y evidentemente regalarte un ejemplar.
Thank you, folk.

viernes, 30 de junio de 2017

CAPÍTULO DIECINUEVE DE "UNA CIUDAD CON QUINIENTAS MAFIAS"



-¿Le has pasado la información a la policía?,-le pregunté a Paquete.
-Si, ¿tú le has pasado el informe al cliente?.
-Si, por eso te llamo, hay sorpresas.
-Me encantan las sorpresas, los finales felices, las películas románticas y los programas chorras de televisión, así que no me hagas sufrir más y alégrame el día.
-Esta sorpresa no te va a gustar.
-¿Y como será que me lo figuraba?.
Le conté mi conversación con Aurelio Cominges y las conclusiones a las que había llegado. Mientras trataba de ceñirme en lo posible a la textualidad que recordaba, Paquete permanecía serio, sin interrumpirme, como perdido en algún mundo propio. Solo cuando terminé pareció recobrar la conciencia.
-¿Piensas colaborar con ese tal Baliarda?.
-No, hombre, no.
-Me alegro sinceramente. Nos la coló bien el tal Cominges, ¿eh?.
-Si, doblada.
-Ándate con cuidado.
Me encogí de hombros quitándole importancia, pero lo cierto es que pensaba hacerlo.
-Tarde o temprano, la información que le he pasado a los compañeros provocará que les detengan,-Paquete lo dijo tratando de auto convencerse. Hubiese dado un dedo de su mano derecha para no dudar de la efectividad de la policía.
-O que intenten detenerles, Paquete. Cominges me dijo que no sentía el menor temor, que la información que le sacamos, no vale gran cosa y que en todo caso a la policía no le descubrirá nada nuevo ni le afectará directamente.
-Yo no estaría tan seguro,-de nuevo Paquete luchaba por creérselo.
-Entre otras cosas depende del tiempo que tarden tus compañeros en actuar, probablemente tardarán tanto que yo ya estaré en el asilo.
-Será una buena señal, querrá decir que no te han matado y podré venir a visitarte con una bolsa de magdalenas empapadas en whisky.
-Vamos a suponerle un final feliz a la historia, Paquete: imagina que alguien más listo o más duro que Cominges se lo carga y luego convence a Baliarda para que se retire a las Bahamas. ¿No es allí donde se retiran los mafiosos?.
-No, últimamente lo hacen en la Costa del Sol, en cualquier costa de la península en realidad, me jode reconocerlo, pero España es un paraíso para los criminales.
-Me estás jodiendo el final feliz.
-No disfruto haciéndolo.
- ¿Y tú, también corres peligro?.
-Toda mi vida he corrido peligro, preocúpate de ti. Mira, sigamos con nuestras vidas, si me necesitas me llamas, si te necesito te llamo. Si nos vienen a buscar que tengan que hacer dos viajes, cómprate un hierro como el mío, nunca se sabe cuando lo vas a necesitar.
Me levanté para marcharme, la voz de Paquete, me retuvo.
-¿Te ha pagado bien Baliarda?.
-Si, muy bien.
-Pues pasa por la barra y paga tú.














NOIA DE PRENSA.-
Teletexto de TVE 25/2001/2013-

La Guardia Civil ha detenido en Lloret de Mar a cuatro personas de nacionalidad rusa, pertenecientes a una mafia de aquel país, entre ellos se encuentra el líder Andrei Petrov. Se les acusa de blanquear cincuenta millones de euros a través de negocios de todo tipo.
La denominada “Operación Clotilde” sigue abierta por el juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco.

martes, 20 de junio de 2017

CAPÍTULO DIECIOCHO DE "UNA CIUDAD CON QUINIENTAS MAFIAS"

CAPITULO DIECIOCHO

Mientras bajaba por la virada carretera que conduce al centro de Barcelona recordé que tenía una llamada de Fausto Baliarda. Con seguridad se trataría de hacer la liquidación por mis servicios. Soy un maestro haciendo cuadrar los números, sin necesidad de hacer que siete y dos sumen once. Así que por muy generoso que Baliarda se hubiese mostrado con el adelanto para gastos, confiaba no tener que devolver demasiado dinero. Por ese lado no preveía el más mínimo problema.
Atendió la llamada Ámbar, me dijo que me llamaba de parte del señor Baliarda ya que él estaba muy ocupado con una serie de reuniones y no podría atenderme. El señor Baliarda estaba muy satisfecho con el trabajo que había llevado a cabo, ya había validado la nota de gastos y le había dado instrucciones para que me abonase una gratificación que podía pasar a recoger en el momento que creyese oportuno, lo único que tenía que hacer era avisarla para que la tuviese preparada. Y por supuesto en cualquier circunstancia que el señor Baliarda necesitara de los servicios de un investigador recurrirían a mí. El presentar factura o no dependía de mi criterio, por parte del señor Baliarda no había inconveniente en que me ahorrase el I.V.A. si así lo deseaba.
¡La hostia!, yo estaba acostumbrado a los clientes que al presentarle la nota de gastos me regateaban y me amenazaban con denunciarme a Hacienda si no negociaba. Conozco a mujeres que han pretendido pagarme con sus favores el importe integro de mis servicios (algunas lo han conseguido, y no crean que han sido las más atractivas, en ocasiones fueron las que menos posibilidades me ofrecían de cobrar), taxistas que han calculado cuantas carreras gratis cancelaban mi factura, compañías de seguros que han pretendido asegurar mi casa contra posibles bombardeos del ejercito japonés a cambio de mi factura. Tengo ejemplos que les harían soñar con mundos mejores donde el pobre Atila no sufriría semejantes miserias.
Y Fausto Baliarda quería darme una gratificación.
Después de la cantidad de pasta que me había pagado, el hombre quería darme una gratificación.
Atila El Afortunado, Rey de los Hunos, residente en el Raval de Barcelona.
Presente.
Quedamos para el día siguiente, a la hora que a mi me conviniese dentro del horario normal de oficina, ella lo tendría todo preparado.
De estar vivo Ayoub hubiese sospechado que detrás de tanta amabilidad había gato encerrado, pero a Ámbar no la imaginaba con un mini bate de beisbol.
¿Y si Ámbar estuviese buscando un buen partido y se había fijado en mi?.
¿Y, si me apuntaba a un curso de Astrofísica, conocería a Stephen Hawkins?.
¿Por qué no me iba a dormir de una puta vez?.
En primer lugar porqué era demasiado pronto y en segundo lugar porqué el teléfono estaba sonando rabiosamente. Y a ese aparato no lo han inventado para dejarle sonar en el vacío. Mi ángel de la guarda me castigaría si lo hacía y Stephen Hawkins no me estrecharía la mano en el Congreso de Astrofísica al que me invitarían al acabar el curso.
Descolgué esperando que de nuevo fuese Ámbar diciéndome que se había olvidado darme la dirección de su casa.
Por lo de la merienda, ya saben.
La voz de Maruchi La Desdentá me hizo cosquillas en el oído.
-Ahora que escucho tu voz me sorprende que haya podido pasar tanto tiempo sin llamarte, -me dijo aquella voz ronca que prometía exóticos placeres siempre que pagases por ellos.
-Cada noche, al acostarte le das gracias a la Virgen por no tener necesidad de verme, Maruchi, no me jodas.
-No, todas las noches no, aunque de vez en cuando…
-Bueno, dime, ¿para que me necesitas?.
-Dios me libre de necesitar a alguien como tú.
-Gracias Maruchi, sabía que me animarías. Y ahora que ya me has puesto como un trapo, ¿me puedes decir que cojones quieres de mi?.
-Que manera de hablarle a una dama, en fin… ¿no recuerdas que me pagaste por una información que aun no te he dado?.
-Y me la vas a dar.
-No, me ha sido imposible saber nada de ese tipejo, parece como si hubiese caído del cielo ayer por la tarde y aun no haya cometido ninguna fechoría para que yo pueda tenerle en el fichero.
-Dime que me llamas para devolverme el dinero.
-No seas estúpido, cariño. Una puta jamás devuelve el dinero que le ha dado un cliente.
-De eso había oído hablar, pero si ese no es el caso, entonces me parece que me he perdido.
-A cambio de tu dinero te voy a facilitar una información que te interesa conocer, aunque no me la hayas pedido.
-Adelante.
-No, por teléfono, no, pásate ahora por aquí, no tardes más de una hora.
-Estoy cansado y ya sabes que…
-Déjate de historias, si te digo que merece la pena es que es dinamita.
-Vengo, pero si se trata de cualquier tontería te voy a dar una zurra en este culo tan bonito que meneas encima de los clientes.
-¡Qué ilusión! Sabía que al final me entenderías. Venga, capullo, no tardes.
El Reposo del Guerrero, el tugurio donde Maruchi y sus chicas libran de la pesada carga del semen acumulado a una panda de perdedores lucía ominoso con todos sus neones encendidos. En el interior la luz de los neones dejaba paso a una semipenumbra que dulcificaba rostros e intenciones. La veterana Carmenchu Tetas de Palo debía haber reciclado su siliconado ya que sus mamas tendían a mantener una imposible posición paralela al suelo. Una caribeña altísima a quien no había visto nunca me hizo señas con los dedos para que me acercase. Carmenchu vio el gesto y le dijo: -No pierdas el tiempo, morena, este viene a ver a la jefa, -y con la cabeza me indicó el interior donde Maruchi acostumbra a “recibir”.
La caribeña borró la sonrisa de su cara y dio un vistazo por el local para comprobar si era necesario volvérsela a colocar.
Entré a ver a la jefa.
En cuanto me vio, Maruchi me tomó de la mano y sin decir palabra me hizo asomar a la barra.
-Fíjate en aquel tipo calvo que está hablando con la Loli.
Miré, efectivamente un tipo calvo rondando los cuarenta, bajo y más bien barrigón, trataba de sobar las tetas de la Loli con moderado éxito.
-No me gusta, -dije.
-Ya, pues a tu mujer si.
-Maruchi, mi ex mujer puede hacer lo que le de la gana con su culo, si ese tipo le gusta, pues bien.
-Si no estoy equivocada tú le pasas una pensión mensual a tu mujer.
Suspiré,-Si, así son las leyes de este país.
-Es su marido.
-¿Qué?.
-Se casaron hace seis meses, te están tomando el pelo.
-¿Qué?.
-Que tu mujer se ha vuelto a casar, detective glorioso. Que te están tomando el pelo, que el dinero que le pasas a tu santa el cabrón este de la barra se lo gasta para poder sobarle las tetas a alguna de mis chicas.
Hice un movimiento para dirigirme hacia el tipo barrigón.
Maruchi me agarró fuerte por el brazo y me empujó hacia su cubículo.
-Ni se te ocurra machote. No te he traído aquí para que me montes un escándalo en el local. Además apostaría mi dentadura postiza que es lo que más quiero en este mundo a que ese fulano ni siquiera sabe de donde sale el dinero, ¿para que hostias quieres matar al mensajero?. Te he traído aquí para hacerte un favor y de paso cancelar una deuda que tengo contigo, espero que hagas buen uso de la información.
-Incluye un whisky por cortesía de la casa. Lo quiero sin hielo y sin chica.
Maruchí sonrió, alcanzó una botella de whisky de una pequeña repisa del cubículo, sirvió una generosa ración y me lo alcanzó.
-Sin hielo y sin chica, el señor está servido. Y este es del bueno, directo de Escocia.
-Te debo una, Maruchi.
-No, no me debes nada, pago una deuda que tenía contigo. Como dicen los gitanos, ni me debes ni te debo. Y si en alguna ocasión alguno de los dos necesita al otro, pues nos vemos y negociamos las condiciones.
Camino de la calle, valoré al tipo que se había casado con Mabel y le tocaba las tetas a la caribeña a cuenta del dinero de un gilipollas llamado Atila. O el tipo tenía una medalla olímpica en la disciplina de karate o forrarle a hostias sería bastante sencillo. Pero tal como había dicho Maruchi, el fulano era el mensajero que me transmitía la noticia de mi tontería. Y no es justo matar al mensajero.
Podía pensar que Maruchi estaba equivocada, pero tratándose de información ella no se equivoca. Si Maruchi te dice que Laponia va a invadir Cuba, los cubanos ya pueden empezar a pensar donde van a construir su igloo.


Hacía un día soleado, bajé del transporte público en un punto bastante alejado de la casa de Fausto Baliarda. Me apetecía caminar por aquellos barrios donde afortunadamente no iba a vivir nunca. La fortuna de la situación residía en que si vives en un agujero infecto situado en una zona repleta de agujeros infectos no tendrás el menor problema, pero no se te ocurra trasladar tu agujero infecto a un barrio residencial, los problemas te caerán encima como una plaga bíblica.
Uno de esos chavales vestidos como pordioseros, -quien probablemente acababa de salir de una de las mansiones que nos rodeaban-, que tratan de arreglar el mundo a base de pegar carteles subversivos, los cuales por si acaso no los firma nadie, y de hacer pintadas en las paredes de la ciudad, trataba de imaginarse que habían trasladado la tumba de Lenin al Bronx y podía pasear alrededor de ella caminando como un negro cargando un transistor gigante pegado al hombro. Le acompañaba una muchacha a quien el deseo de ser madre aun no la atacaba con fuerza. Mientras les veía debatir las próximas acciones que sin la menor dudad iban a cambiar el devenir de la humanidad, pensé que los ideales de la juventud son como los propios jóvenes: lo aguantan todo excepto el paso del tiempo.
Me abrió la puerta Ámbar, se había endulzado con un perfume nuevo, era denso y envolvente, era pegajoso y persistente.
Era una invitación a besarla que ella no me hacía.
Le dije que me alegraba de verla, mi deseo era decirle algo mejor pero no se me ocurrió nada.
Ámbar me contó de nuevo que el señor Baliarda estaba muy satisfecho de mi trabajo, me llevó a aquella sala donde una pantalla gigante de televisión mostraba imágenes relajantes. En esta ocasión un pájaro de plumaje colorido volaba sobre bosques de verdes cambiantes y ríos que imaginabas murmurar alabanzas a la gloria del Creador.
Imaginé el culo desnudo de Ámbar.
Me reconfortó.
El pájaro seguía volando.
Le deseé que nunca llegase al Raval.
Pensé en mi mismo volando, sentado en la cómoda butaca de un jet privado. Sentada en mis rodillas Ámbar me susurraba procacidades que yo valoraba desapasionadamente.
Acabábamos de cruzarnos con el pájaro que sobrevolaba el bello bosque y el cantarín río.
Nuestro impulso le había succionado y de él no quedaban ni las plumas.
Ámbar me entregó un sobre que abultaba esperanzadoramente.
-Creo que le satisfará, -dijo.
Yo no tenía la menor duda.
Soy un tipo fácil de conformar cuando le dan sumas importantes de dinero.
-¿Anda por aquí, Ayoub?,-en ocasiones hago preguntas perversas.
La sonrisa de educada complicidad que mostraba el rostro de la chica mientras me tendía el sobre se trocó en una expresión compungida.
-Ayoub ya no está con nosotros, señor Atila.
-Ha encontrado un trabajo mejor, vaya.
-Me temo que no, señor Atila, Ayoub sufrió un desgraciadísimo incidente y perdió la vida.
-¿Un accidente de trafico, quizás?.
-No, se vio envuelto en una pelea. No sabemos como pudo ocurrir, la cuestión es que el pobre Ayoub ya no estará más con nosotros.
-Lo siento, en realidad era una persona que me caía bien, -juraría que Ámbar tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a reír.
-No somos nadie, señor Atila.
Y en pelotas menos, por mucho que nos empeñemos en comprobarlo con cierta frecuencia, pensé mientras trataba de mostrar la misma cara de pena que ella.
-Ámbar, ¿has encontrado la dirección que te pedí?,-dijo alguien situado a mi espalda.
La voz me resultaba familiar.
Me giré.
Aurelio Cominges estaba en el umbral de la puerta, vestía un traje ligero de alpaca y parecía feliz.
Ámbar vestía un ligero vestido de muselina y parecía feliz.
Yo ponía cara de imbécil.
Ni siquiera me atreví a valorar el estado de mi felicidad.
Tenía el sobre con el dinero en el bolsillo. Ámbar ya había dicho todo lo tenía que decirme y no mostraba la menor intención de invitarme a su casa. Así que si me largaba nadie se ofendería.
Solo quedaba una cosa por hacer.
Me dirigí hacia Aurelio Cominges quien no pudo evitar dar un paso atrás.
-Señor Cominges, que agradable sorpresa, no esperaba verle hoy aquí.
Le tendí la mano y el muy capullo me la estrechó.
Apreté con toda la fuerza de que soy capaz.
Bastante, por cierto.
-Sígueme hasta la puerta de la calle, -le susurré mientras le hacía salir de la estancia.
-No, sígame usted a mi despacho,-dijo Cominges haciendo un esfuerzo para enderezar los hombros y ganar una estatura que en realidad había logrado solo con el cambio de tono de voz. Un tono de firmeza que no le conocía.
-Ambar, si el señor Baliarda me necesita estaré con el señor Atila en mi despacho,
La chica nos miró con cierta sorpresa y Cominges le dirigió una sonrisa tranquilizadora,-el señor Atila y yo somos viejos conocidos,-añadió.
El tipo seguía creciendo, debía ir ya por el metro noventa.
Suspiré, si aquello seguía de aquella manera tendría que recortarle quince centímetros a bofetadas.
El despacho de Aurelio Cominges era un espacio amplio, primorosamente amueblado, con sillones individuales tapizados en cuero y una mesa que olía a madera desde treinta metros de distancia, o quizas fuese que como desodorante en aquel despacho usaban algo de Chanel, también tenía una pantalla gigante de plasma con las mismas imágenes relajantes que la del despacho de Ámbar. El pájaro, al parecer, se había cansado de sobrevolar la selva de verdes prodigiosos y en aquellos momentos trataba de introducir en la boca de una cría muerta de hambre un gusano que llevaba en el pico. El gusano se retorcía poco conforme con el papel que le había tocado en aquel drama, sin que nadie se preocupase de preguntarle su opinión.
Yo estaba tan cabreado como aquel gusano.
-No juegues con tu físico, -le susurré a Cominges. Me sorprendió no haberlo dicho en voz alta, el lujo del despacho ya me estaba afectando
-No juegue con su suerte, -respondió a mi susurro en voz alta y clara. Se sentó en un magnifico sillón giratorio de piel y con la mano señaló otro, entre ambos una mesita con el sobre de mármol oficiaba de testigo. En mi lado de mesa había una lámpara Tiffany con todo el aspecto de ser autentica, en su lado de mesa una base de mármol con un pulsador dorado. Yo podía encender y apagar la lámpara para distraerme, él podía pulsar el botón dorado y, nadie me convencería de lo contrario, un par de gorilas aparecerían para ponerme firme.
Durante un par de largos minutos nos miramos en silencio, Cominges apoyaba un puño en el mentón, su brazo descansaba sobre la rodilla y sus ojos me vigilaban.
-Cuéntame que cojones haces aquí, -le dije cuando me cansé de aquel juego.
-Trabajo aquí y será mejor que no se arriesgue a causarme el menor daño.
-O me presentaras a los tipos que hicieron de maestros de ceremonias en Global, ¿es eso?,- los ojos de Aurelio Cominges se pasearon por mis zapatos y permaneció mudo.
-Vamos a plantear el asunto de una manera que te cueste menos responder: ¿te has pasado al bando ganador?,-Cominges seguía mudo.
-Aun te parece demasiado comprometedora, la pregunta ¿eh?. Vamos a ver: ¿ves mejores perspectivas de promoción en tu nueva empresa?.
-Creo que es mejor para mi, si.
-Y claro, no puedes evitar pasar información de una empresa a otra.
-Eso lo hace todo el mundo, -lo dijo sonriendo.
-Claro, por supuesto es algo que hace todo el mundo. La única diferencia en este caso es que para poderte llevar la información que realmente interesaba fue necesario montar una carnicería. Y, claro, eso ya estaba negociado con antelación. Aunque espera, tal vez no seas tan hijo de puta como un fulano tan mal pensado como yo pueda creer… quizás tú creías que solo tendrías que decir que información se tenía que coger, donde estaba la información, como se interpretaba, por algo te fichaban, pero aparte de esas minucias nada de sangre, toda violencia quedaba descartada.
Aurelio Cominges sacudió afirmativamente la cabeza, con levedad, como si un fuerte de soplo de viento le hubiese forzado a hacerlo.
-Pero, amigo mío si creías que así iba a ir la cosa, es señal de que eres más estúpido de lo que pareces, porque a tus jefes solo se les podía convencer de dejar el negocio en manos de otro de la manera en que lo hicieron, o sea matándolos. Con el resto de la organización, con los clientes se puede negociar, con ellos no se podía.
-Mire, Atila, creo que no se da cuenta cabal de las diferencias que hay entre la situación que estamos viviendo ahora y la que vivimos cuando usted y el gorila que le acompañaba me intimidaron. Por alguna razón que desconozco el señor Baliarda me ha recomendado no causarle el menor daño… a menos que sea estrictamente necesario. Si por mi fuese mañana de madrugada usted y su amigo el gorila estarían en una cuneta, muertos.
-¿Lo harías personalmente?.
-Claro que no, en este negocio, como en cualquier otro, cada uno tiene una misión.
-Debes imaginar que la información que nos diste ya estará en manos de la policía.
-Claro. Esa información es lo que usted definiría como un montón de mierda.
-¿Y tu como la definirías?.
-Como una mezcla inteligente de verdades que no afectan al señor Baliarda, un pequeño montón de falsedades que no llevan a ninguna parte y alguna que otra verdad que afectarían de forma grave a personas que ya no están en este mundo y por tanto no van a protestar por haberlas hecho públicas.
-Ya veo.
-Me alegro sinceramente.
-¿Y la cinta?.
-Pues que no sé que va a hacer con ella pero le recuerdo que yo no aparezco por ningún lado en esta cinta, nadie de la organización del señor Baliarda aparece en esa cinta. Los hechos que en ella se hacen patentes no son ninguna novedad para la policía, tal vez acaben por localizar el lugar, lo cual provocará que alguien deba buscar un nuevo emplazamiento para su negocio. Sea como fuere ni a mi ni a la organización para la que trabajo nos afecta en absoluto
-¿Me contestarías a alguna cuestión que no acabo de entender?.
-Pruebe.
-Fue mi trabajo que os puso en contacto a Baliarda y a ti.
-Santa inocencia, señor Atila, el señor Baliarda era cliente de Global. Nos conocíamos desde antiguo y siempre pensó que yo valía más de lo que me dejaban demostrar allí.
- ¿Sabes la razón por la que me contrató?.
Cominges se encogió de hombros, sonrió levemente y suspiró. Daba la impresión de que no iba a contestar a mi pregunta, entonces comenzó a hablar.
-Vera, el señor Baliarda es una persona con un elevado sentido del humor y una tendencia irrefrenable a la diversión. Le voy a decir lo que me contó acerca de su relación con usted: en primer lugar le molestó que le hiciese perder la apuesta, si quiere llamarla así, que había hecho con su esposa. Y bien que se lo hizo pagar. En cualquier otro momento con la paliza que le dio Ayoub se hubiese sentido satisfecho, no es un hombre que disfrute con el dolor ajeno. Pero usted le transmitió la imagen de una persona eficiente en su trabajo y que podría resultarle de utilidad en alguna circunstancia. El proyecto en el que estábamos colaborando ya estaba en marcha, nunca pensó que usted llegaría hasta Global. Pensó que su investigación le proporcionaría más información sobre usted como posible colaborador que cualquier otro sistema, y de paso si usted era capaz de descubrir algo que pudiera interesarle, bienvenido sería.
-No lo acabo de ver claro, amigo.
-Fue una especie de juego, ya le he dicho que el señor Baliarda gusta de la diversión inteligente, en ocasiones usa a las personas como peones en un tablero de ajedrez. Y es un estudioso de la Teoría del Caos, no sé si usted ha oído hablar de ella.
En la pantalla gigante de plasma, un nuevo gusano se retorcía en el pico de mama pájaro mientras sus crías boqueaban para explicarle al desgraciado gusano que su muerte no tenía nada que ver con odio o falta de sensibilidad, era todo una cuestión alimenticia combinada con la Teoría del Caos.
Me levanté para marcharme, me estaba poniendo enfermo.
-¿Ya se va, señor Atila?, -moví la cabeza afirmativamente
-Pues permítame darle un consejo.
-Te escucho.
-Bien, si en alguna ocasión volvemos a hablar, no se le ocurra tutearme de nuevo porqué haré que le maten. Tómeselo en serio, no sería la primera vez que desobedezco las indicaciones de mi jefe, algo que usted ya debería saber.
Calculé el tiempo que tenía antes de que pulsara aquel maldito botón dorado.
Poco tiempo.
-¿Estamos señor Atila?.
-Estamos, amigo, estamos.
-Tampoco me llame amigo.
Me reí y no le gustó.
Pero lo había hecho sin tutearle, así que se conformó con lanzarme una mirada amenazante que me dio la impresión que ensayaba cada mañana antes de salir de casa desde que había subido de categoría. El poder estaba volviendo loco a Aurelio Cominges, se le notaba en el brillo nuevo que tenían sus ojos, en la contención casi espástica que mostraba al amenazarme. No sabía cuanto tardaría en intentar convertirse en el número uno. Probablemente lo intentaría hasta cinco minutos antes de que lo mataran. Claro que en Global había sabido esperar su momento. Tal vez me equivocase y llegara hasta el final de la escalera, en más de una ocasión me he equivocado. Fuera como fuese anotaría en mi agenda la fecha de su cumpleaños para felicitarle puntualmente, no fuera caso que se enfadase conmigo.
El resumen de la situación era que había incorporado a mi vida a un tipo que gozaría viéndome destripado en el fondo de un callejón. Para compensar su jefe me quería vivo por si en alguna ocasión le podía ser de utilidad. Sin dejar de lado que para su extravagante sentido del humor yo era un enano divertido, aunque yo prefería pensar que valoraba de una forma vaga mi sentido de la honestidad. Lo cual me llevaba a preguntarme si yo podía presumir de honesto.
Si valorábamos mi honestidad por los cambios que había experimentado el mundo a raíz de mi actuación, con la inestimable colaboración de Paquete, sin profundizar demasiado, dependía de los siguientes puntos de referencia:
A) Global no sería una organización mafiosa aunque viviese de ellas.
B) Fausto Baliarda era realmente un hombre de negocios, tal como siempre había afirmado. A través de su relación con Global, no necesariamente ligada a actuaciones fuera de la ley, había entrevisto el enorme potencial para generar beneficios que una organización como Global representaba. Con su facilidad para evaluar a las personas había radiografiado el alma de Aurelio Cominges y había aprovechado sus ansias de poder para hacerse con el control de Global. Con toda probabilidad fue él quien le propuso la acción a Baliarda, tal vez fue una simple insinuación.
C) Casi con toda probabilidad la carnicería que había significado la transmisión de poderes entre los antiguos gestores de Global y Fausto Baliarda había sido cosa de Aurelio. Una simple operación financiera, lo que en Bolsa se conoce como una hopa hostil, apoyada por una extorsión dejaría con vida a los gestores de Global, lo que pondría en peligro la vida de Aurelio teniendo en cuenta la clase de ganado que circulaba por aquellos prados.
D) El hecho de que Ayoub participase de forma activa en la carnicería no significaba más que una cesión de recursos a Cominges. De hecho lo mismo sucedió cuando Baliarda me lo cedió a mí para interrogar a Abdoulayé, él nunca se ensuciaba las manos, era probable que ni siquiera quisiera saber como trabajaba el moro. Estaba demasiado ocupado jugando en su magnífica pantalla de plasma o ensayando con un hierro del cuatro en su pista de golf artificial. Tampoco le importaría como procedían los que se habían convertido en sus nuevos clientes. Probablemente, a diferencia de Fernando Santiago y Marco Santillana, él dejaría en manos de Cominges la relación personal con la parte más sucia del negocio, lo que en caso de un posible golpe de estado le significaba tener tiempo para contemplar el cadáver de Aurelio y tomar las decisiones pertinentes antes de que fuese demasiado tarde para negociar o huir.
E) Realmente Fausto Baliarda era un excelente, hábil hombre de negocios.
F) ¿Para mi ciudad, para la gente que me rodeaba, algo había cambiado?. Naaaaaa.
G) La policía con la información que con seguridad les facilitaría Paquete ¿podría hacer algo?. Claro que si, la policía siempre hace algo, la prueba es que sigue existiendo. Lo que era más dudoso es que su actuación le causara algún problema serio a Baliarda. Tal vez alguna noche de sueño dificultoso a Cominges.
H) ¿Y las mafias, las diversas mafias saldrían beneficiadas o perjudicadas con los cambios producidos?. Pues ni si ni no. Evidentemente.
I) El DVD que encontramos en casa del hombre que tenía mala suerte con los coches caros, ¿horrorizaría a alguien?. Por supuesto que si, el horror es barato. Claro que también habría quien se masturbaría viéndola, o quien pagaría dinero para poder asistir a una de aquellas subastas. No todo el mundo tiene la clase de Fausto Baliarda.
Quedaba claro que con mi actuación o sin ella el mundo no había sufrido cambios, por tanto mi honestidad quedaba a salvo.
Más o menos, claro,
Valía más dejarlo correr.
Al salir del despacho de Cominges, me despedí de Ámbar.
-Es un hombre interesante, Aurelio ¿verdad?,-me dijo.
-Si, un tipo muy majo, saluda de mi parte al señor Baliarda y transmítele mi dolor por la sensible perdida de Ayoub.
-Si, todos lo hemos sentido mucho.
Si, claro. Y su puta madre, más que nadie, -pensé mientras le sonreía a Ámbar.
En un parque cercano lleno de abuelas tomando el sol y recordando a su finado esposo -al que tanto habían detestado, y ahora añoraban aunque solo fuera para poder seguir detestándole-, y jóvenes y apetitosas mamás trasladando de un lado a otro cochecitos de bebés berreantes, busqué un banco libre frente al estanque donde unos peces moribundos le pedían inútilmente a Neptuno que los sacase de allí. Me senté, saqué del bolsillo el sobre que me había dado Ámbar para cancelar mi relación con Fausto Baliarda y lo abrí.
Diez mil euros.
Flipa tío, diez mil euros.
Dinero manchado de sangre, dirán algunos.
Es posible.
¿Y la camiseta de marca selecta que le ha comprado al niño para que la luzca en las fiestas de sus amigos, fabricada en China o en la India por niños esclavos manejados por la mafia que corresponda?.
También, esa también, amigo mío.
¿Y las pelotas de golf o de tenis fabricadas vaya a saber donde, que ayudan a enriquecer a alguna multinacional a la que no le importa una mierda como han estado fabricadas y a que mafia han ayudado a enriquecer?.
Pues esas también.
¡Que diamante más bonito señora!.
¿Sabe usted, señora, los litros de sangre y dolor que manchan a ese diamante, los niños soldados de más de un país africano que han ayudado a que ese diamante llegue a Londres, Zurich, Ámsterdam o cualquier otro sitio?.
Claro que no lo sabe.
Ni tiene el menor interés en saberlo, ¿no es cierto, señora?.
Si lo supiésemos todo nos suicidaríamos.
Que suerte tuvo, señor, al encontrar un donante de riñón que le salvó la vida.
¿Esta seguro de que ese precioso riñón no viene de Brasil y que lo ha donado un pobre fulano al que le han pagado por su riñón sano lo justo para que sobreviva un par de años más en la favela?. En ocasiones desparecen niños de forma harto misteriosa y en algún lejano, o no tan lejano, lugar del mundo un niño rico recibe el corazón o los ojos que necesitaba. Y un mafioso toma el sol en un país soleado, un país como el nuestro, alejado del frío y la falta de luz.
Y más de una agencia inmobiliaria con propiedades en la Costa Brava o en la Costa del Sol, sonríe feliz.
Miré mis diez mil euros manchados de sangre.
Debería quemarlos para que mi conciencia respirase aire puro.
¡Mis pelotas, señores!, al menos yo me he jugado la vida por algo que en su momento creí decente. Devuelvan ustedes sus camisetas, sus pelotas de golf, sus diamantes. Que le devuelvan su riñón al propietario original.
Y hasta el momento, a causa de mi investigación, no se ha vertido una sola gota de sangre decente.
Claro que no puedo asegurar lo que pasará a partir de ahora.
Aquí esta el truco, ¿quién puede estar seguro de nada?.
Todo eso sin contar aquello de que “nada es verdad ni mentira, todo es según el cristal con que se mira”.
¿Quién dijo eso?.
Creo que fue Einstein, sabía mucho de todo.
Y si no fue Einstein, fue otro.
Haré una buena donación a una O.N.G., aunque tendré que dedicar algo de tiempo investigando si en realidad no es una tapadera de Alqaeda o cualquier otra porquería, una parte importante de ellas lo son. Pero lo haré, la tranquilidad de conciencia no la venden en la farmacia.
Así que haré una buena donación, ahora soy rico.
Y si en algún momento me remuerde la conciencia me emborracharé con whisky de veinte años.
Las borracheras también tienen categorías.
Una pena, toda esa mierda, realmente.
Una mulata que cuidaba de un cochecito ocupado por un bebé blanco que dormía placidamente, me sonrió.
Le guiñé un ojo.
A la mulata, me refiero. Ya he dicho que el bebé dormía con placidez y no era cuestión de romperle el sueño. Si llega a adulto cansado por mi culpa me sentiré tremendamente culpabilizado.
Además, es absurdo guiñarle un ojo a un bebe dormido.
Amplió su sonrisa.
De nuevo me refiero a la mulata.
Me largué.
Lucía un sol magnífico.
La teoría de que el sol es un regalo de Dios que solo alumbra a los buenos, es falsa.
Total y absolutamente falsa.


Aquella misma noche me llamó mi ex mujer. Ya había olido el dinero.
Estoy convencido de que tiene poderes extrasensoriales, es una síquica de primer nivel.
Me contó que tenía problemas con el pago a la comunidad por unas obras en el edificio.
Cuando no es eso es otra cosa.
-Nene que este mes me tienes que ayudar, -me dijo
Me acordé del tipo calvorotas y barrigón que acodado en la barra del Reposo del Guerrero trataba con relativo éxito de sobar las tetas de la camarera.
Respiré hondo.
La felicité por su boda, le dije que me hubiese encantado ser su padrino.
Se produjo un silencio al otro lado de la línea.
Me dijo:-por Dios, Atila, como me puedes acusar de esto.
Le dije que no sé molestase, que lo había comprobado.
Nuevo silencio al otro lado.
Luego cambió de táctica.
Rompió a llorar.
Colgué el teléfono.
Mabel tiene facilidad para llorar y lo hace con elegancia y eficacia.
Si Mabel follase con la misma facilidad y elegancia es probable que continuáramos casados.
O no, vete a saber.
Me sentía realmente jodido.
Lo único bueno de todo aquel barrizal es que ya se había acabado.
Era un consuelo relativo, tengo una pasmosa facilidad para meterme en barrizales.
Mientras, mi ángel de la guarda se partía de risa con un vaso de absenta en la mano, acodado en la barra de cualquier bar de poca categoría.
Estoy por asegurar que cuando estaba en el cielo era él quien barría las nubes, agradecido que de una patada no le hubiesen bajado a los infiernos.
Le bajaron a la Tierra para que se encargase de misiones de poca monta: ángel guardián de un detective marginal, por ejemplo.








NOTICIA DE PRENSA.-

Losfraudes.blogspot.com.es 29/12/2012
Caen dos redes de clonación de tarjetas bancarias, han sido detenidas diez peronas.

La Policía ha desarticulado durante el transcurso de la denominada “Operación Storm” dos redes internacionales dedicadas a la clonación de tarjetas bancarias, deteniendo a diez personas y desmantelando tres laboratorios y un taller dedicados a la elaboración de tarjetas falsas con las que la organización había defraudado trescientos mil euros.
Según informa la Dirección General de Policía operaban en Madrid, Cataluña, Valencia y Zaragoza y tenían conexiones con otros grupos criminales en Francia, Rumania y México que les facilitaban numeraciones de tarjetas a través de Internet y mensajes de teléfono móvil.
Entre los diez detenidos estaban los cabecillas de ambas redes, un ciudadano ecuatoriano apodado “El español” y un camerunés residente en Madrid.
El inspector Nieto de la Sección de Medios de Pago de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Comisaría General de la Policía Judicial, ha detallado que la primera organización clonaba, falsificaba y utilizaba las tarjetas. Las numeraciones eran copiadas de tarjetas emitidas en el extranjero con datos remitidos desde Rumania y Francia.
La segunda organización desarticulada que actuaba en Cataluña y Madrid obtenía las numeraciones de las tarjetas clonadas desde México. Varios colaboradores compraban ropa de conocidas marcas internacionales y las vendían a un tercero que también ha sido detenido. La mercancia tenía como destino tiendas montadas en Guinea Ecuatorial y Camerún.